jueves, 22 de septiembre de 2016

FAUNA IBÉRICA - Rodrigo Rato o cómo ser un corrupto funcional

Rodrigo Rato

Rodrigo Rato muestra últimamente unos ojos lamentosos, un poco caninos, exactamente como los de un perro de caza avejentado al que acaban de llamar a gritos y que duda entre acudir y salir corriendo. Pero no hay que dejarse engañar. Dijo Asimov que sólo una mentira que no esté avergonzada de sí misma puede tener éxito, y al chamán de la economía pepera se le vio perplejidad cuando le echaron la mano a la nuca, pero ni un gramo de vergüenza. A partir de ahí, eso sí, empezó a ponerse gris.
Rato ejemplifica que, en política, el engaño activo, la hipocresía militante, resulta más solvente que la verdad. Y más rentable. La riqueza se puede confundir con la gentileza y la gentileza, con la honradez. Además, él se repujó, a base de atril y copas de agua de hotel bueno, una imagen de liderazgo y modernidad. A pesar de tener un aspecto no demasiado limpio (el pelo de grama abandonada y la nariz flemática), poseía ese olor de ducha reciente que el dinero inventa y acerca a las narices de la gente común.
No se peina con ansiedad y brillantina como los millonarios pujantes, más o menos nuevos, lo suyo se corresponde más con la serenidad del que acostumbra a heredar. Aun así, mirándole la cara uno se imagina que los calcetines le están ahorcando la rodilla. Igualmente, lo ajustado de los cuellos de sus camisas cautivó, incluso, a algunos adoradores del garrote vil. Por algún motivo, quizás por un instinto de ocultación, muchos altos cargos del PP tienden a embutirse como longanizas.
El resultado de tanta compresión es una papada como la de los siamangs, que son esos monos que tienen un testículo enorme debajo de la garganta que se infla y se desinfla; quizás, pensándolo por ese lado, el vice apretaba tanto la camisa para hacerse ahí una caja de resonancia, porque la verdad es que le quedaba una voz fantástica de político de la Corte, perfecta para recitar el BOE a media luz, pausándose en las comas, gustándose.  Es una voz que aburre a los niños y, en cambio, hace asentir a los viejos que no entienden apenas las palabras de la radio, pero que, aun así, la escuchan a todas horas.
Paseaba hasta hace poco los ojos curvos y chispeantes de quien recibe elogios y, por supuesto, cree que los merece. Ha existido siempre un extraño mohín en su ojo derecho, una tentación de guiño o de burla que le ha ido achicando la cuenca. Lo entornaba, arrugando levemente el párpado, cuando quería acolchar sus palabras, por ejemplo: “Gente que hace trampa seguro que la hay”. A ese molleo simpaticón de su mirada, que creaba adeptos y debía triunfar en el chocheo íntimo, se añadía su barbilla ablandada y un labio inferior al que sólo le interesaba plagar de tecnicismos la futura pobreza de los españoles. 
Reservaba para su exposición mediática una sonrisa tajante, comprimida y efímera; una sonrisa habitualmente cerrada que si le daba por mostrar dientes, traslucía una ansiedad, una querencia de algo que le agita el cuerpo, o sea, un estar al límite de su capacidad de contención. Por otro lado, su vocación de poder queda fuera de toda duda, sabe mirar autoritariamente por encima de las gafas, domina el arte de llevar la montura resbalada a mitad de nariz para que así, al levantar la vista, se configure una mueca de advertencia. 
Lo preocupante de Rato es la falta de vinculación temperamental con la idea del corrupto. No reúne la exaltación ni la canallería de Alfonso Rus. Se mueve con desgarbo y calma, le falta el enseñoramiento de Vito Corleone, no se le intuyen manchas de tomate en la camiseta interior como a Tony Soprano ni nos abofetea con el autoritarismo sexual de Silvio Berlusconi. Él demuestra que delito se ejecuta también con la banalidad de la costumbre. Hacen falta generaciones de chanchullos y de camareras colocándote, cada día, la servilleta sobre las piernas para robar con una actitud meramente operativa. Como dijo el director del FMI ante las sospechas contra sus empresas familiares: “Así se hacen negocios en España”.  
Fuente: ctxt.es