sábado, 12 de noviembre de 2016

¿Podrá Trump destruir Estados Unidos?

Con la derrota de los demócratas y el miedo de los republicanos a salirse del guión marcado por Trump, el presidente entrante tendrá un control absoluto y muy pocos mecanismos de contención para cumplir con sus aterradoras promesas de campaña.

Trump contará con un Congreso republicano y un Senado también a su favor. EFE

Las redes sociales, que siempre describen una situación con agilidad y agudeza, se inventaron una fórmula condensada que resume la respuesta mundial ante una improbable e inquietante victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos: #RIPAmerica(América Que en Paz Descanse).
Con este hashtag se hace evidente que hemos asistido a una transformación mucho más profunda que un simple cambio de gobierno (si Mitt Romney hubiera ganado a Obama en las elecciones de 2012 este eslogan no se habría viralizado). Implica que Trump no solo liderará Estados Unidos durante cuatro años sino que su mandato también representa una amenaza mayor: podría llegar a destruir el país.
Es cierto que Twitter tiene cierta tendencia a la exageración y al histerismo pero también lo es que comentaristas mucho más prudentes se han expresado en términos parecidos, si bien lo han hecho de forma menos contundente.
David Remnick, director de la revista New Yorker, expresó la opinión de muchos cuando escribió: “La victoria presidencial de Donald Trump es una tragedia para la Constitución de Estados Unidos, y un momento escalofriante de la historia de Estados Unidos y de la democracia… es imposible no reaccionar con aversión y extrema ansiedad”. Para los que comparten este sentimiento, la madrugada del miércoles fue lo más parecido a un duelo.
Lo que temen es que Trump cumpla las promesas, y también las amenazas, que ha hecho en los últimos 18 meses. ¿Qué pasará si cumple lo prometido y deporta a 11,4 millones de inmigrantes ilegales? ¿Qué pasará si impide que los musulmanes puedan entrar a Estados Unidos? ¿Qué pasará si utiliza el poder que tendrá como presidente para vengarse de los medios de comunicación que lo han criticado y hace la vida imposible a los empresarios que tienen periódicos que están comprometidos con el periodismo de investigación, como por ejemplo el Washington Post? ¿Qué pasará si termina con el derecho al aborto e incluso impone “algún tipo de castigo” a una mujer que decida poner fin a un embarazo, como insinuó Trump en una ocasión? ¿Y qué pasará si decide construir un muro para impedir que los mexicanos crucen la frontera?
Son muchos los que creen que si Trump cumpliera con sus promesas electorales, transformaría el país; lo convertiría en un país cerrado, xenófobo y contrario a los valores y principios de sus principios fundacionales, como por ejemplo la igualdad religiosa o la libertad de opinión. No dejaría de ser un país pero ya no sería Estados Unidos.
Naturalmente, son muchos los que apelan a una actitud adulta y realista y se apresuran a afirmar que los que hacen estas afirmaciones son unos exagerados. Estas voces lanzan mensajes de tranquilidad. Para empezar, ofrecen el eterno argumento de que todo político de éxito, con independencia de que su discurso durante la campaña haya estado plagado de fanfarronadas, se modera cuando asume el cargo. Se basa en la ley natural que establece que el radicalismo de un candidato siempre queda moderado por el realismo necesario para gobernar. Aunque Trump haya hecho declaraciones explosivas en su carrera hacia la Casa Blanca, una vez esté en el Despacho Oval se verá obligado a tener en cuenta consideraciones de carácter práctico.
También alegan que, además, existen mecanismos formales para garantizar que lo haga. Al fin y al cabo, la Constitución de Estados Unidos establece la separación de poderes y, por este motivo, el poder ejecutivo, el presidente, nunca puede extralimitarse y siempre deberá rendir cuentas ante un poder judicial independiente, el Tribunal Supremo, y el poder legislativo, el Congreso.
Estas instituciones venerables evitarán que Trump pueda hacer alguna locura. Aunque tenga menos peso, también deberá tenerse en cuenta al funcionariado de la administración; muchos tecnócratas que no son cargos políticos y que garantizarán que todas las propuestas de Trump se suavicen y pierdan los matices más alocados o impulsivos. Y siempre nos quedará el Ejército: no dejarán que ninguna propuesta de Trump se les vaya de las manos.
Acumulación de poder
Destruir un legado

El problema es que ninguno de estos argumentos es sólido. Empecemos con la afirmación de que una vez llegue a la Casa Blanca Trump suavizará su mensaje y no llevará a cabo sus planes más incendiarios. El problema con este argumento es que muchos miembros destacados del Partido Republicano ya afirmaron en su día que cuando Trump ganara las primarias y se convirtiera en el candidato presidencial del partido iba a moderar el tono de sus mensajes. Más tarde, cuando Trump no cambió, afirmaron que sí lo haría en la recta final de la campaña, en septiembre.
Lo cierto es que normalmente los candidatos moderan su discurso cuando ya han ganado las primarias. Sin embargo, Trump nunca lo hizo. Siguió dando la nota, insultando a los padres de un soldado muerto en el campo de batalla, ofendiendo a una Miss Universo. Solo accedió a ceñirse al guión en la última semana de la campaña, en la que se limitó a leer las frases que aparecían en una pantalla.
Solo tuvo que reprimirse unos pocos días; cuando ya intuía que tenía posibilidades de ganar. Los que ahora afirman que ahora se ceñirá a un guión son muy optimistas si tenemos en cuenta que estamos hablando de un hombre de 70 años que ha demostrado en numerosas ocasiones que es impulsivo y no tiene capacidad de autocontrol. Según ellos, el hombre de “las agarro del coño” cambiará radicalmente cuando entre en el número 1600 de la Avenida Pensilvania.

Si no tiene capacidad de autocontrol, ¿otros tendrán la capacidad de controlarlo? ¿No hay instituciones que puedan garantizar que sus acciones son las adecuadas? El problema es que los republicanos no solo se hicieron con la Casa Blanca; también se hicieron con el Congreso. Esto convierte a Trump en alguien muy poderoso; un poder que no han tenido sus antecesores. George Bush tuvo un Congreso republicano pero solo por un corto espacio de tiempo. Antes de él, el único republicano que tuvo semejante poder fue Herbert Hoover en 1928.
Como consecuencia, el Congreso no será un contrapeso. Acatará las órdenes de Trump. Algunos han indicado que, si bien Trump es republicano podría encontrarse con cierta oposición en el Congreso porque muchos congresistas republicanos lo detestan. Mencionan al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que durante la campaña se enfrentó públicamente a Trump en varias ocasiones; y lo llegó a acusar de haber hecho un comentario racista que “era un ejemplo de libro”.  De hecho, al final le dio su apoyo a regañadientes.
Sin embargo, Ryan ya no volverá a plantarle cara. Ahora Trump tiene el apoyo de los ciudadanos y es el protagonista de una victoria que nadie creyó posible. Trump ha conseguido ganar en estados que no habían votado al Partido Republicano durante décadas. Consiguió hacerse con Pensilvania, que ha estado en manos del Partido Demócrata desde 1988. Esto le da mucho poder dentro del partido. Ha tenido éxito allí donde el partido había fracasado y ha conseguido que la influencia del partido republicano se extienda a lo largo y ancho del país, con el apoyo de votantes de clase trabajadora que hasta ahora no votaban al partido.
Así que los congresistas republicanos serán sus aliados y deberán acatar las órdenes de un hombre que consigue captar más votos que ellos. Él no tendrá que obedecerlos; ellos obedecerán. Si los congresistas se atreven a plantarle cara, Trump solo tendrá que preguntarles quien tiene el apoyo de los votantes de sus distritos (que seguramente lo votaron). La respuesta siempre será: Trump.
Los congresistas republicanos no son los únicos que sufrirán estas presiones. Tengamos en cuenta lo que pasó entre Newt Gingrich, que podría convertirse en el próximo Secretario de Estado, y el periodista Evan Osnos. El reportero había formulado una pregunta en torno a la propuesta de construir un muro en la frontera con México, y se preguntaba si la administración Trump podía conseguir que el Congreso lo pagara (dado que nadie cree que México asuma los gastos, a pesar de lo que dijo Trump).
Newt Gingrich afirmó que presionaría a los indecisos con el argumento de las siguientes elecciones al Senado: “Recuerda la cifra de demócratas con posibilidades de ganar en las próximas  elecciones al Senado de 2018”. Concretamente, 25 demócratas, puntualizó. “¿Realmente quieres ser recordado como el tipo que impidió que se construyera el muro? Lo construiremos en 2019”.
Entonces, si el Congreso promete ser indolente ¿el Tribunal Supremo podría pararle los pies? Ahora mismo hay una vacante en el Tribunal Supremo y será el presidente entrante quien la llene. Trump puede escoger a un juez que sea tolerante con sus decisiones y el Senado difícilmente se opondrá. Automáticamente, el Tribunal Supremo tendría una mayoría de magistrados conservadores (5-4). La mayoría de los magistrados tienen entre 70 y 80 años, así que no se puede descartar la posibilidad de que en los próximos años haya alguna otra vacante. Trump podrá cambiarlo a su imagen y semejanza (puede hacer lo mismo con instancias judiciales de menor rango).
Es importante recordar que cuando un magistrado es designado, el cargo es vitalicio. Así que lo que haga Trump tendrá un impacto sobre las futuras generaciones. Puede tener la mayoría necesaria para dejar sin efecto la sentencia Roe contra Wade, que reconoce el derecho de aborto. También puede fortalecer el derecho de posesión de armas y reducir las pocas limitaciones vigentes (de hecho ha propuesto que los profesores vayan armados). También puede reinterpretar la Primera Enmienda, relativa a la libertad de expresión, para impulsar nuevas leyes de difamación y demandar a los periodistas que lo critiquen “y ganar mucho dinero”.
En cuanto a los funcionarios de la administración, el sistema de Estados Unidos no es como el del Reino Unido. El presidente entrante no se tiene que contentar con elegir a unos pocos cargos de confianza y buscarles un sitio en una maquinaria funcionarial apolítica. El presidente entrante de Estados Unidos tiene 4.000 vacantes a su disposición, lo que supone que podrá elegir a los altos cargos del gobierno. Así que no, ningún veterano funcionario le parará los pies. Todos estarán al servicio de Trump (por otra parte, pasará lo mismo con los militares, nadie quiere pararle los pies a un civil que ha sido elegido democráticamente por el pueblo).
En otras palabras, Trump tendrá un enorme poder desde el mismo día de la toma de posesión; el 20 de enero de 2017. Puede construir un muro en la frontera, si así lo desea, y lo cierto es que esta promesa permanece en la memoria de todos y si no la cumple deberá asumir las graves consecuencias políticas y el castigo de sus electores. Puede tomar muchas decisiones más, al margen de esta.
Tan pronto como llegue a la Casa Blanca, en su primer día de mandato, podría destruir el legado de Obama. Durante su campaña, Trump ha contado con un equipo de expertos que han redactado lo que ellos llaman “el Proyecto del Día 1” y que contiene los decretos firmados por Obama que Trump podría anular con su firma incluso antes de sentarse cómodamente en su despacho. Entre las medidas que podrían derogar destacan: el acuerdo de París sobre Cambio climático, el programa en torno a los refugiados sirios y una normativa que requiere que se comprueben los antecedentes de todo aquel que quiera comprar un arma. Al final de ese día, Estados Unidos sería un país completamente distinto.
Una vez el muro empiece a levantarse, los seguidores de Trump más reivindicativos pedirán que cumpla otra de sus promesas: que deporte a los inmigrantes ilegales. No tendrá ninguna excusa para no hacerlo, o demorar la medida, ya que controla el Congreso y el Senado. De hecho, su equipo ya ha trabajado en este sentido. Un thinktank ha calculado que se necesitará un equipo de “detención” de   90.000 personas para llevar a cabo redadas en granjas, restaurantes y edificios, y poder identificar a todos los inmigrantes ilegales.
Como señaló Osnos: “Miles de autobuses (con capacidad para unos 54 pasajeros) y aviones (135 pasajeros) llevarán a los deportados hasta la frontera de sus países”. Otros han avanzado la posibilidad de poner a los inmigrantes en un tren y expulsarlos del país; un método que nos recuerda el capítulo más siniestro de la historia europea.
Mientras, Trump también puede impulsar un plan para prohibir que los musulmanes entren en Estados Unidos. Una primera interpretación de la Constitución podría hacernos llegar a la conclusión de que eso es discriminación por motivos religiosos, pero a Trump no le será difícil reinterpretarla. De hecho, Trump ya ha hablado de la posibilidad de prohibir la entrada de aquellas personas que provengan de países vinculados con el “terrorismo islámico”. Esto es una forma de darle la vuelta. Y, mientras tanto, Trump puede destruir el legado del primer presidente afroamericano de Estados Unidos y suprimir elObamacare, que ha proporcionado cobertura médica a millones de personas.
Trump podría cumplir otra promesa: en uno de los debates por televisión prometió que, si ganaba, pondría a Clinton en la cárcel por haber utilizado su correo electrónico privado mientras fue Secretaria de Estado. No lo puede hacer directamente pero sí a través del Departamento de Justicia. ¿Quién le impedirá que lo haga? Eso es lo que quieren sus seguidores. Aun se oyen sus gritos de “enciérrala” (tal vez no lo haga si calcula que para él es más conveniente la mera amenaza de un juicio, que hará que los Clinton permanezcan callados y no se inmiscuyan en sus asuntos).
Este es el país que un Trump sin ataduras puede empezar a construir dentro de tres meses. Un país que descuide los problemas medioambientales y el cambio climático, hostil con los inmigrantes, agresivo con los musulmanes y dispuesto a cargarse derechos que se consiguieron tras décadas de lucha. Un país que no verá la Constitución como un gran logro sino como un obstáculo, que no verá la diversidad como un activo sino como algo que se tiene que tolerar (eso en el mejor de los casos). Cualquiera que intente expresar una opinión en contra tendrá que enfrentarse contra las grandes instituciones. ¿América Descanse en Paz? Eso es lo que parece.
Por lo que hemos podido ver, esta campaña electoral, cuya virulencia no tiene precedentes, solo es una pequeña muestra de lo que puede pasar a partir de ahora. O como indicó un veterano Demócrata: “Este espectáculo de terror todavía no ha empezado. Ahora se abre el telón”.