sábado, 12 de noviembre de 2016

PRIVATIZACIÓN: EXPOLIO, PREVARICACIÓN Y CORRUPCIÓN


Creo que a nadie escapa que los intermediarios, salvo excepciones, sólo sirven para encarecer el producto final. Así ocurre con las patatas, con la vivienda, con los móviles, con los servicios públicos y con la representación política. Bajo el eufemístico nombre de “externalización” se esconde una práctica que consiste en entregar una parte esencial de un servicio público a un grupo privado generalmente compuesto por amigos, poderosos o asimilados. El grupo al que se le concede la externalización de las radiografías de un hospital, la cocina de un grupo escolar o la lavandería de un centro de ancianos, no arriesga absolutamente nada: Durante el tiempo que estipule el contrato o subcontrato tendrá que hacer radiografías, dar de comer o lavar la ropa a cargo de los presupuestos del Estado por una cantidad que conoce de antemano. La labor del grupo agraciado nunca consistirá en abaratar costes al Estado, sino en maximizar sus beneficios con el dinero que se le ha concedido. Para ello tiene varios caminos que se juntan en uno solo, disminuir la calidad del producto final, reducir el número de trabajadores que hasta su llegada prestaban el servicio, bajar sus sueldos y hacerles trabajar más horas bajo amenaza de despido siempre procedente. La externalización es, por tanto, un chollo, una regalía económica que cae en manos de una empresa determinada –a menudo esa empresa se constituye ad hoc para la concesión, avisada de antemano por quienes pueden y quieren- sin que los miembros de la misma pongan en riesgo su capital, pero sí, y mucho, la calidad del servicio prestado.


Después de muchos años aplicando la receta neoliberal, las empresas que viven de las externalizaciones de servicios públicos, de contratas y subcontratas, se han multiplicado por un millón y ahora mismo son una enorme sanguijuela que chupa la sangre del Erario sin prestar los servicios que antes ofrecía la gestión directa, pero que, por el contrario, si han servido para crear grandes corporaciones, grupos de presión y nuevos millonarios. Hoy es sabido que la gestión privada de la Sanidad, la recogida de basuras o el suministro de agua –por poner sólo sectores muy visibles- es más cara e ineficaz que cuando todos los dineros públicos son administrados por funcionarios públicos especializados en la cuestión.