viernes, 11 de noviembre de 2016

LA ESPAÑA ALUCINADA DE RAJOY


Enciendo la radio y me habla el Presidente Rajoy. Me dice, cogí una España en bancarrota y ahora, mire usted, grandes, dijo grandes, empresarios y banqueros me dan palmaditas en la espalda (esto lo digo yo, él utilizó otras susurrantes palabras). Yo estaba con el café y enseguida la cocina se llenó de eses sibilantes y campechanas promesas de futuros puestos de trabajo. El país reverdecía en la radio, brillaba con un sol primaveral que auguraba grandes cosas, crecimiento, florecimiento, la vida que regresa tras el invierno de la crisis y del lejano y demoníaco gobierno de Zapatero. Sin embargo, al otro lado de la ventana de mi cocina la mañana era lluviosa y gris. La ciudad, el país, la realidad, seguían en pleno otoño, sin rastro de las flores y el colorido psicotrópico de la España alucinada del Presidente.
De todas formas, pensé, quizá tenga razón el Presidente y el problema sea mío, el mismo problema que tienen todas esas personas que, según Rajoy, solo destacan lo negativo, que solo ven y hablan de lo que va mal y se niegan a ver y a aplaudir lo que funciona y va viento en popa. ¿Seré yo uno de esos aguafiestas de mirada sucia a los que tanto les gusta remover la mierda y desconfiar de los buenos augurios y la alegría y vitalidad de los demás? Decidí entonces salir a la calle y tratar de mirar la realidad otoñal con los ojos primaverales de Rajoy. Tuve que hacerlo a pelo, porque las sustancias alucinógenas todavía son ilegales en este país y empezar a beber por la mañana me pareció triste. Al lado de mi casa hay un cajero automático de un banco en donde hasta hace poco dormían a cubierto dos o tres indigentes cada noche. Algún banquero entusiasta de la primavera decidió hacer obras, seguramente con el dinero público del rescate bancario, y eliminar el habitáculo, dejando el cajero a pie de calle y a los indigentes sin techumbre. Y sí, la entidad bancaria daba otra imagen, qué limpio todo, qué eficacia para los usuarios que no han de sortear piernas y vómitos y charcos de vino y sangre. ¿De eso se trataba? ¿Sería este el ejercicio de optimismo que pedía el Presidente? Seguí adelante con la mirada bien alta para no ver a esos jóvenes buceando en los contenedores, a aquel jubilado que vende calcetines y Kleenex en la esquina, a los desahuciados del cajero tumbados en los bancos del parque. ¡Lo conseguí!, me dije, no he visto nada, y fui a ocupar mi puesto en la cola del paro.